¿Podemos ser más felices?

Un artículo de Silvia Álava

Esta pregunta está en la mente de muchas personas: “¿podría ser más feliz?”. Y la respuesta, como siempre, es que depende.

¿De qué? Principalmente, de la definición que hagamos de la felicidad. Si nuestra idea de ser feliz es estar todo el día alegre, haciendo lo que nos gusta y sin sentir emociones desagradables, la respuesta a la pregunta inicial no solo resulta negativa sino que, además, tu felicidad se convertirá en una meta inalcanzable.

La cantidad de creencias erróneas que albergamos sobre la felicidad y las cosas que creemos que “necesitamos” para conseguir sentirnos bien son dos de las principales barreras hacia la felicidad.

Se puede ser feliz y alcanzar el bienestar emocional pero, al mismo tiempo, experimentar emociones desagradables. Es imposible no tener días malos, incluso esos días nos permiten aprender a gestionar mejor nuestras emociones y a valorar más los días en los que nos sentimos bien; tal y como nos recuerda Anabel González en su libro “Lo bueno de tener un mal día: cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor”.

Evita la “adaptación hedonista”

¿Cuántas personas conocemos que creen que serán felices cuando terminen los estudios? ¿O cuando sean independientes, tengan hijos o se muden a una casa más grande? Lo que piensan así no solo se están olvidando de disfrutar del camino, sino que además, cuando consiguen esos objetivos que parecían tan importantes en su vida, descubren que no traen consigo la ansiada felicidad.

Esto se produce, entre otras cosas, por la llamada “adaptación hedonista”, un concepto que acuñaron los autores S. Frederick y G. Loewenstein en 1999. El ser humano tiene una gran capacidad de adaptación, lo que le permite sobrevivir en condiciones extremadamente difíciles, pero hace que se acomode rápidamente con las cosas buenas.

Piensa, por ejemplo, cuando te mudas a una casa más grande. Al principio estás encantado con el espacio pero, poco a poco, empiezas a darlo por hecho y dejas de valorarlo. Ya no te paras a admirar cómo el sol entra por la ventana y el cuadro que colgaste con tanta ilusión pasa a ser un elemento más.

Por esa razón, es tan importante evitar que la adaptación hedonista se instale en nuestras vidas.

Para conseguirlo, hay que valorar de forma consciente todas aquellas cosas que nos gustan o con las que disfrutamos.

Hay que mirarlas como si fuera la primera vez, con “ojos de estreno”, y recordar los atributos que hicieron que nos sintiéramos atraídos por ellas.

Este ejercicio también lo podemos hacer con nuestra pareja. Debemos fijarnos en todo aquello que nos conquistó y “reenamorarnos” de nuevo. Por ejemplo: si te gustó su sentido del humor, fíjate bien durante una semana cada vez que te hace reír y anótalo (aunque sea mentalmente). O si te encandiló su amabilidad, observa cuántas veces hace algo por los demás. Es una buena fórmula para evitar que la adaptación hedonista también se instale en nuestra vida amorosa.

Date permiso para sentir

Otra de las cosas que nos alejan de nuestra felicidad es el miedo a sentir, producto del desconocimiento que tenemos sobre nuestro mundo emocional. Nadie nos ha enseñado a manejarlo y en ocasiones no nos sentimos preparados para experimentar emociones desagradables.

Todavía hay muchas personas que piensan que existen emociones buenas y malas cuando, en realidad, no es así.

Todas las emociones son positivas porque nos dan información y nos dicen que nos ocurre algo. Algunas son agradables, como la alegría, la calma, el orgullo o la satisfacción. Otras, como la rabia o la frustración, resultan desagradables. A nadie le gusta sentir estas últimas, pero eso no significa que sean malas.

Lo que ocurre con las emociones desagradables es que tememos escucharlas y nadie nos ha proporcionado las herramientas adecuadas para manejarlas. Tal y como dice Marc Brackett, director del Yale Emotional Center, es fundamental que nos demos permiso para sentir, que perdamos el miedo a conectar con nosotros mismos y con nuestros sentimientos.

Trabaja tu inteligencia emocional

Para poder gestionar mejor nuestras emociones y así incrementar nuestro bienestar emocional y sentirnos más felices es necesario trabajar nuestra inteligencia emocional. Porque sí, las habilidades emocionales pueden entrenarse.

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Muchas personas piensan que la inteligencia emocional es algo novedoso que se ha puesto “de moda” hace unos años. Si bien es cierto que el best-seller de Daniel Goleman titulado “Inteligencia Emocional” hizo famoso este concepto; desde la Grecia clásica ya Platón y Aristóteles nos decían que: “todo aprendizaje tiene una base emocional”.

Charles Darwin, por su parte, ya hablaba en su “Teoría de la evolución de las especies” de la importancia de las emociones. Para él los individuos que más probabilidades tienen de sobrevivir son los que mejor se adaptan al medio. Decía que “no es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor responde al cambioy, para eso, las emociones son fundamentales, dado que contienen una información muy valiosa y activan una conducta adaptativa fundamental para la especie.

En el año 1990, Peter Salovey y John Mayer publicaron su teoría sobre la inteligencia emocional, la cual ha servido de fundamento académico de la mayor parte de investigación sobre este constructo. Según ellos, “la inteligencia emocional es la capacidad para percibir con exactitud, evaluar y expresar las emociones; la capacidad para acceder o generar sentimiento cuando estos estimulan el pensamiento; la capacidad de comprender las emociones y el conocimiento emocional y la capacidad para regular las emociones y fomentar el desarrollo emocional e intelectual”.

Es decir, la inteligencia emocional se basa en cuatro habilidades que todos podemos adquirir:

• La percepción emocional.

• La facilitación emocional.

• La comprensión emocional.

• La regulación emocional.

Aprende a regular tus emociones

No se trata pues de dejar de sentir o no experimentar emociones negativas, sino de aprender a regularlas para ser conscientes del valor adaptativo que tienen en nuestra vida, qué información nos proporcionan y qué función tienen. Y de saber potenciar las emociones positivas o agradables.

Para ello podemos utilizar el “modelo de ampliación y construcción de las emociones positivas” de Bárbara Fredrickson. Esta autora propone un modelo en el que se produce un efecto de bucle que va ampliando las emociones positivas y que funciona en tres pasos:

1. Las emociones positivas producen un “efecto de ampliación”; es decir, amplían nuestro pensamiento y nuestras acciones, lo que nos hace ver las cosas desde otra perspectiva más realista y nos ayuda a buscar nuevas estrategias de solución.

2. Esto hace que construyamos nuevos recursos personales para afrontar las situaciones difíciles.

3. Lo que nos lleva, por último, a la trasformación. Las personas generamos más emociones positivas al vernos capaces y con recursos para solventar las situaciones problemáticas. La capacidad para disfrutar genera a su vez más emociones agradables lo que hace que la espiral crezca de forma ascendente.

En definitiva, no se trata sólo de practicar el pensamiento positivo desde la idealización de la situación, sino de ser realistas. No debemos dejarnos arrastrar por nuestras ideas irracionales, sino que hay que aprender a confiar en nosotros mismos para así entrar en el bucle de la ampliación de las emociones positivas. Profundizar sobre nuestras emociones y pensamientos nos ayudará a conseguirlo.

Ver fuentes

Silvia Álava

Doctora en psicología clínica y de la salud por la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en Psicología General Sanitaria y en Psicología Educativa acreditada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.
Autora del libro "¿Por qué no soy feliz?
"

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